A comienzos de la década del setenta, Samuel Huntington ya era uno de los más distinguidos politólogos de los Estados Unidos. Por aquel entonces publicó un libro que causó conmoción: "El orden político en sociedades cambiantes". Fruto de sus observaciones sobre la turbulencia e ingobernabilidad que padecían muchas de las naciones africanas que recién habían logrado su independencia, luego de tres siglos de colonialismo europeo, afirmó que nada peor, en el ámbito político, que el vacío de poder. Esta conclusión indisputable le sirvió de soporte a una tesis audaz: la conveniencia de los regímenes de partido único, organizados bajo el modelo Leninista, como los más idóneos para superar con rapidez el subdesarrollo y la pobreza, tanto en África como en América Latina.

 

Una prescripción tal, proveniente de un intelectual distinguido, desafiaba el consenso sobre las bondades universales de la democracia representativa diseñada y puesta en marcha por Madison y Jefferson a fines del siglo XVIII; y servía para dar legitimidad a un conjunto de gobiernos autoritarios que jugaban en el bando de la Unión Soviética cuando parecía que esta resultaría vencedora en la guerra fría y que el colapso del capitalismo y la democracia eran inevitables.

 

La senectud no ha disminuido la capacidad del profesor Huntington para formular planteamientos radicales. Ahora sostiene que el crecimiento de la población de origen hispánico en su país amenaza con dividirlo en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas. Al contrario, de los anglosajones, que formaron la primera oleada de inmigrantes, los centroeuropeos, irlandeses y asiáticos que llegaron luego, los hispanos seríamos incapaces de adoptar los valores de la ética del trabajo, el Estado de Derecho y el respeto pleno a los derechos de los individuos. Le parecemos, igualmente, poco fiables por que la mayoritaria de los nuestros no son protestantes sino católicos. Al agravio cultural y racial añade, pues, el religioso.

 

Lo que tal vez resultaría soportable si hubiera, detrás de esas rotundas afirmaciones, sólidos argumentos o, al menos, alguna evidencia empírica. No la hay. Por el contrario, lo que una observación sin prejuicios de la realidad pone de presente es que la comunidad latina se ha integrado de modo fluido en una sociedad que siempre ha sido abierta, plural y diversa, lo cual no ha sido obstáculo para que mantenga lealtades y vínculos con los países de origen, que como siempre ha ocurrido se irán diluyendo con la rotación de las generaciones.

 

Afirma el notorio académico que si de un día para otro la migración hispana se detuviera, los ingresos de la población blanca, anglosajona y protestante dotada de bajas capacidades tenderían a subir. Puede que si. El ingreso promedio de los latinos es más bajo que el de casi todos los demás estratos sociales. Y lo son justamente porque desempeñan los trabajos más humildes y peor remunerados que casi nadie quiere realizar. Admitido esto, ¿será que los sectores mayoritarios de la sociedad más rica del planeta quisieran promover una guerra económica entre los pobres de su propio país y, para colmo, sobre bases étnicas? Me niego a creerlo.

 

Hay que decir con orgullo que los hispanos, en general, somos mestizos, no blancos, porque los españoles y portugueses que poblaron el continente desde el siglo XVII optaron por mezclarse, primero con los indígenas, y, luego, con los negros, mientras que en Norteamérica los pueblos aborígenes fueron sometidos a atroz exterminio. Que no vengan a darnos lecciones de integración social carentes de sustento en la actualidad y en una historia que viene de siglos atrás.

 

Según Huntington si los Estados Unidos no hubieran sido colonizados por ingleses, sino por franceses, portugueses y españoles hoy serían como Québec, Brasil o México. El carácter despectivo de esta afirmación gratuita merece enérgico rechazo. Es necesario, además, que en la contienda política que actualmente se desarrolla en los Estados Unidos los candidatos de ambos partidos fijen sus posiciones sobre esta inesperada justificación del racismo y la discriminación. Los latinos necesitan saber sus opiniones antes de decidir por quien votan.