Suele decirse, para descalificar al adversario en los debates sobre asuntos de interés público, que su postura obedece a “factores ideológicos”. La glosa tiene sentido usada en contra de quienes, obnubilados por sus convicciones, rehúsan aceptar los hechos que la realidad circundante aporta, pero no para eludir la controversia bajo el supuesto de que se está en posesión de “la verdad” y que hay que combatir “el error”.

Gracias a las ideologías tenemos criterios para elegir entre el amplio repertorio de propuestas que los políticos nos formulan, y para juzgar el desempeño de los gobiernos. Bienvenida, pues, la discusión ideológica, especialmente en un país que ha abandonado el bipartidismo y que evoluciona hacia un sistema de múltiples partidos que buscan precisar afinidades y discrepancias.

Conservatismo, liberalismo y socialismo son las ideologías que se disputan el campo en el mundo entero. He aquí algunas de sus principales diferencias.

Los conservadores tienen, frente a las propuestas de cambio social, honda desconfianza; creen que sólo la sabiduría acumulada a través de los siglos puede suministrarnos criterios válidos para afrontar el porvenir. Los socialistas se ubican en el extremo opuesto: hay que romper las cadenas de la tradición para construir el “hombre nuevo”, si fuere preciso a través de procesos revolucionarios. El ideario liberal acoge las nuevas ideas sobre la organización de la sociedad porque cree en el poder de la razón; sin embargo, reconoce que las instituciones y costumbres que el tiempo ha ido decantando no pueden borrarse de un plumazo; a la revolución opone el cambio gradual e incesante.

Los conservadores desconfían de la democracia: la verdad jamás dependerá de que las mayorías la acepten. Prefieren una autoridad firme, así no sea democrática, que esté inspirada en el “bien común”. En el campo socialista, las convicciones democráticas tampoco son firmes. Durante buena parte de la pasada centuria defendieron la “dictadura del proletariado”; ya no lo hacen, pero carecen de escrúpulos para descalificar la democracia como “burguesa” o “formal” cuando los resultados electorales no validan sus propuestas. Los liberales militamos, sin restricciones, en la democracia. Las mayorías que resulten de comicios periódicos y transparentes, tienen derecho a gobernar.

En contra de conservadores y socialistas, los liberales defendemos el gobierno limitado: hay esferas en las que el Estado no puede penetrar porque constituyen el núcleo de los derechos del ser humano. Ninguna autoridad puede imponernos convicciones morales o religiosas, o prohibirnos la profesión pública de las propias, así esté inspirada en nobles razones. Todos tenemos derecho a hacer de nuestra vida lo que nos parezca a condición de no interferir en la libertad de los demás. Esta actitud nos conduce al pluralismo religioso dentro del Estado laico; y a respetar “el libre desarrollo de la personalidad”, concepto que incluye asuntos tan importantes como las preferencias sexuales y otros que podrían parecernos triviales; por ejemplo, la forma de vestir o de usar el cabello.

El liberalismo está convencido de que la espontánea interacción de los seres humanos produce, en numerosas instancias, buenos resultados. Entre ellos cabe mencionar el lenguaje y el Internet, que, por fortuna, no se dejan gobernar. Por ello estamos convencidos de que el mercado, bajo condiciones adecuadas de competencia, es un mecanismo eficiente para repartir los recursos económicos de la sociedad.

¿En dónde se halla la verdad sobre estas ideas enfrentadas? No cabe una única respuesta fundada en la razón. Tratándose de valores, desde los éticos hasta los gastronómicos, decidimos con base en todos los recursos que poseemos, tanto emocionales como intelectuales. El debate de las ideas, por fortuna, jamás termina.