Como cualquier estrategia política que pretenda lograr cambios profundos en la sociedad, suscita debates la encaminada a lograr un mayor grado de internacionalización económica. Y para que ellos tengan altura, es menester que el Gobierno replique las glosas; es decir, tome “el toro por los cuernos”.

Pues bien; se ha dicho que el TLC con los Estados Unidos va a generar, en el corto plazo, un déficit comercial con ese país, lo cual, suponen sus adversarios, es malo para Colombia. Antes que nada, hay que decir que, a menos que se profese una concepción mercantilista ingenua, carece de importancia el estado de la balanza comercial con un solo país. Si exportar es bueno importar también lo es, y si lo hacemos de un país y no de otro es porque los precios y calidades de sus productos son mejores, de modo tal que ningún favor le hacemos: ambos resultamos ganando, así no haya equivalencia entre importaciones y exportaciones bilaterales.

Pero tampoco la existencia de un déficit agregado en la balanza comercial es, por si mismo, una calamidad. Otros renglones contabilizados en la balanza de pagos (el mecanismo que registra el conjunto de transacciones de un país con el exterior) pueden cerrar esa brecha. Los recursos derivados, por ejemplo, de mayores flujos de turistas hacia el país, que puede ser un renglón muy dinámico en los próximos años, o las remesas que residentes en el extranjero envían a sus familias, tal como ocurre en la actualidad.

Cuando transacciones de este tipo no son suficientes para lograr el equilibrio, este puede lograrse a través de la “cuenta de capital”; de incrementos en los flujos de crédito o inversión provenientes del exterior. No conviene que el Estado aumente su endeudamiento foráneo, pero si hay amplio espacio para que el sector privado lo haga. Es lo que creo que va a darse en el inmediato futuro, habida cuenta de las necesidades de modernización de maquinaria y equipos que se requiere para atender la demanda incremental  que deriva de la tasa mayor de crecimiento que en la actualidad se registra y que la generalidad de los analistas considera sostenible. La revaluación del peso y la mejora de los resultados empresariales facilitarán este saludable proceso.    No se requieren dotes adivinatorias para pronosticar que  la puesta en marcha del TLC debe traducirse en incrementos importantes de inversión extranjera. De hecho, ya está ocurriendo así. Hasta el tercer trimestre del año pasado aumentó en 40% respecto al mismo período de 2004. Y es lo que demuestra la experiencia de muchos otros países que han optado por abrir sus economías. España y Portugal ingresaron a la Unión Europea en 1986; para 1992 la inversión extranjera se había multiplicado por 8 y por 6, respectivamente, cifras sustancialmente mayores a las de cuando se practicaban políticas de corte proteccionista. Desde luego, nada es inexorable. La inversión extranjera en Grecia no registró este comportamiento a pesar de su acceso, en la misma época, al sistema europeo de integración.

Dicho esto, cabe admitir que, en el corto plazo, las importaciones provenientes de los Estados Unidos podrían aumentar más que nuestras exportaciones. La razón es clara. El arancel efectivo promedio colombiano es mayor que el de Estados Unidos. Sin embargo, esas mayores importaciones pueden derivar de “desviaciones de comercio”: bienes que antes traíamos de otra parte, ahora vendrían, como consecuencia de la reducción o eliminación de aranceles, de ese país. Por lo tanto, no necesariamente se producirá un deterioro de nuestra balanza comercial.

“Ahí quería que llegaras”, dirá mi antagonista virtual. Que importemos más de los Estados Unidos y menos, eventualmente, de América Latina no es solidario con los pueblos hermanos de la región.  Al respecto diré…