La anécdota es célebre: le preguntan a un obrero que labora en la construcción de una de las majestuosas catedrales góticas de Francia: "¿A qué se dedica?". -"Estoy picando piedra para levantar un muro"-. Con una perspectiva harto diferente un colega suyo respondió: -"Estoy construyendo una catedral para la mayor gloria de Dios"-. Esto viene al caso ahora que Planeación Nacional divulga un documento que contiene su visión de nuestro país en el 2019, cuando cumpliremos doscientos años de vida independiente.

 

Antes de alzar la mirada para divisar el horizonte, vale la pena revisar de donde venimos. Hacerlo es indispensable para reconciliarlos con nuestra historia, que no es, por cierto, idílica pero tampoco la sucesión de desastres que algunos mencionan. Con excepción de las contracciones del producto ocurridas en 1931 y 1999, durante todo el siglo XX la economía creció año tras año y con ella el ingreso per cápita; un logro que muy pocos países de América Latina pueden reclamar. El mercado, complementado por la política social, distribuyó los beneficios del crecimiento entre las diferentes capas de la sociedad.

 

Las instituciones colombianas, una vez superadas, cien años atrás, las guerras civiles, han continuado consolidándose; tenemos una democracia estable, en la que, con poquísimas salvedades, el poder político ha cambiado de manos como consecuencia de procesos electorales transparentes (aunque no perfectos). Nada pone en peligro el sentimiento de unidad nacional, ventaja enorme que deriva de un amplio sincretismo cultural y de intensos procesos de mestizaje que vienen desde los tiempos coloniales.

 

Lo anterior debe ser modulado reconociendo que el crecimiento económico de la última década se encuentra por debajo del potencial, y que nos hemos venido quedando rezagados frente a otros países que han avanzado más rápido en la integración con los mercados externos, en la modernización de la regulación económica y en lograr índices crecientes de eficiencia en el gasto social. No avanzamos lo suficiente en la lucha contra el flagelo de la pobreza; los índices de desigualdad en la distribución del ingreso son pésimos -sólo superados por Brasil y Chile- y no han mejorado desde comienzos de la década pasada. Lo mismo puede decirse de las disparidades regionales. ¡Bogotá se parece más a New York que a Quibdó! De otro lado, somos, después del Salvador, el país más violento del mundo, excluidos aquellos que afrontan guerras domésticas o internacionales. Lograr una economía con mayor dinamismo y equidad, al tiempo que se reduce sustancialmente la violencia, sobre todo la derivada del narcotráfico y la acción política armada, son, por lo tanto, los grandes retos que debemos tener resueltos cuando se celebre el segundo centenario de la batalla de Boyacá.

 

El estudio de Planeación Nacional demuestra que tenemos los recursos físicos, institucionales y humanos para lograrlo. En aras de la brevedad menciono exclusivamente los primeros. La mitad del territorio se encuentra subutilizado para fines económicos y puede ser objeto de una política migratoria de amplio espectro. Nuestra situación es verdaderamente singular. Ni la pampa argentina, las estepas rusas o el desierto del Sahara ofrecen las posibilidades de los llanos orientales y las zonas selváticas del sur, cuya incorporación al torrente económico es factible siguiendo modelos de desarrollo compatibles con la preservación de nuestra gigantesca biodiversidad, característica en la que nadie distinto a Brasil nos supera. En la actualidad aprovechamos menos de la mitad del suelo cultivable y un tercio del área utilizable para usos forestales.

 

Debatir el documento de Planeación Nacional debe servir para renovar el optimismo y fortalecer los consensos fundamentales que nos permitan afrontar con éxito el porvenir.