En otra ocasión señalé que en la negociación del tratado de comercio con Estados Unidos hay factores positivos que facilitan el proceso: el equipo negociador goza de credibilidad, el Gobierno se encuentra unificado en torno a los objetivos que se persiguen, se ha logrado una alta participación del Congreso, existe identidad de criterios con los voceros del empresariado, se han  escuchado los anhelos y aprehensiones de las regiones. Pero también que “hay llanto y crujir de dientes”.

No es bueno que la  oposición a este acuerdo, clave para acelerar el crecimiento económico, se convierta en bandera electoral. “No a la reelección; no al TLC” es consigna que  comienza a escucharse. En realidad, ambos asuntos merecen ser decididos mediante una discusión desapasionada sobre los pros y contras de cada uno de ellos. Otra manifestación del mismo fenómeno es la movilización de algunas comunidades indígenas realizada semanas atrás por los partidos de izquierda. Por supuesto, tienen todo el derecho a hacerlo, pero sus argumentos, como se lee en los panfletos que en esa ocasión fueron usados, carecen de veracidad. Como, por ejemplo, que se van a privatizar rios y páramos,  o que se va inundar el país con transgénicos. “Sí a la vida; no al TLC” es un dilema que, si fuera válido, tendría que ser resuelto eligiendo la vida. 

Aunque no es tan notable como en otros países, en el nuestro también se advierte un sentimiento anti yanqui que explica por qué se levantan voces airadas contra la negociación con Estados Unidos, pero que haya habido un silencio absoluto durante las realizadas con Mercosur; y esto a pesar de que el grado de competencia entre la economía nuestra y la de los países australes es mayor que la existente frente a la Norteamericana, que, en buena parte, complementa nuestras capacidades productivas. La razón es obvia: Los gringos son “malos”; los vecinos australes “buenos”.

En los Estados Unidos tampoco el clima es halagüeño. La verdad es que el proteccionismo ahora reverdece en numerosos sectores de ese país, que temen, con razón, que se pierdan empleos en la industria liviana y en la provisión de ciertos servicios en beneficio de socios comerciales de menor grado de desarrollo. Lo cual ocurre, naturalmente, como contrapartida al auge en los mercados externos de sus productos y servicios de alta tecnología. “Si por aquí llueve, por allá no escampa”.

La reevaluación del peso, que obedece a complejos factores domésticos e internacionales, deteriora la rentabilidad de las exportaciones y la de quienes compiten con importaciones; en casos extremos, ciertas empresas pueden arrojar pérdidas. Estos fenómenos, en rigor nada tienen que ver con el TLC. Pero explicárselo a quienes, iracundos o asustados, padecen la reevaluación es cercano a lo imposible.

Hay un efecto perverso e inevitable. Como pasa con frecuencia con las políticas de interés general, los beneficios resultantes de la estrategia de apertura gradual y selectiva del aparato productivo son inciertos: dependen, en parte, de una política macroeconómica adecuada y de los progresos que en los años venideros logremos en materia de competitividad. Tienen un carácter difuso en el sentido de que inciden en la sociedad como tal, y más en el futuro lejano que en el corto plazo. Y quienes se perciben como ganadores callan como ostras. Por el contrario, los costos se perciben con nitidez, parecen materializarse de inmediato y suelen afectar a grupos de interés específicos dotados de elevada capacidad de gestión en la arena pública. Por eso en los medios de comunicación abundan las críticas y escasean los respaldos.

La tarea por cumplir es ardua y apasionante.