La Comunidad Andina, que ha sido un instrumento valioso para fortalecer los vínculos económicos con nuestros vecinos, se encuentra estancada: los flujos de mercancías entre sus integrantes no superan el 15% del comercio externo total, bajísimo en comparación con la Unión Europea. Antes de la adición de diez nuevos países, realizada el año pasado, el tráfico comercial comunitario era superior al 60% de todas las exportaciones realizadas por sus miembros. El bajo crecimiento de las economías andinas en estos últimos años explica, en parte, este estancamiento. Pero, además, hay factores institucionales que deben ser tenidos en cuenta.

No ha sido posible coordinar las políticas macroeconómicas para evitar dañinos movimientos pendulares en las corrientes de comercio; por el contrario, las súbitas alteraciones de las paridades monetarias han producido bonazas y depresiones que suelen ser más agudas en zonas de fronteras. Mientras tres países andinos dejan flotar sus monedas, Ecuador optó por la dolarización y Venezuela practica un estricto control de cambios. No se vislumbra que ninguno de ellos esté dispuesto a converger hacia un modelo de gestión monetaria conjunta.  De otro lado, es crónico el incumplimiento de las normas andinas a pesar de la diligencia con que  la Secretaria General y el Tribunal Andino de Justicia emiten sus dictámenes y sentencias. La verdad es que los gobiernos con frecuencia encuentran que es más costoso remover las medidas que han sido definidas como incompatibles con las reglas comunitarias que contrariar a productores domésticos influyentes. Y a pesar de que el Tribunal autoriza en ciertos casos a imponer retaliaciones, como los incumplimientos son generalizados nadie se atreve a tirar la primera piedra. “Hagámonos pasito” es el consenso implícito.

Los avances que no hemos podido lograr por nosotros mismos tal vez ahora resulten posibles como consecuencia de factores de naturaleza exógena. Me refiero a la solicitud formulada a la Unión Europea por cada uno de los países andinos para celebrar tratados de libre comercio, y a las previsibles consecuencias que tendría la culminación del que Perú, Ecuador y Colombia negocian con los Estados Unidos.

Europa ha señalado con claridad que sólo está dispuesta a negociar acuerdos entre bloques y no individualmente con los países del área; y que para que esta alternativa tenga factibilidad, es menester que la Comunidad Andina se organice, así sea de manera imperfecta, como una unión aduanera. Esto significa, en esencia, que debemos adoptar un arancel externo común para la totalidad del universo arancelario y una regulación aduanera idéntica para el ingreso de mercancías a cualquiera de los países andinos; el condicionamiento adoptado por Europa ayudará a que nos pongamos de acuerdo. También la celebración de compromisos de desgravación con los Estados Unidos: resultaría inconcebible que le concedamos ventajas arancelarias que no estuviéramos dispuestos a extender a otros socios comerciales tan importantes como Europa.

En el posible acuerdo con los Estados Unidos se contemplarán disciplinas que o bien no existen en el ámbito andino o las que existen terminarían siendo menos profundas. Doy dos ejemplos. Supóngase que en el TLC se pacta un mecanismo de acceso preferencial en el campo de las compras estatales, asunto sobre el cual no existen compromisos andinos, o que adoptamos reglas de mayor amplitud para los inversionistas norteamericanos que las vigentes en la CAN. Sería obvio, en tales hipótesis, que los países andinos deberían concederse entre si un trato semejante.

Bajo el liderazgo de la Secretaria General, que ha venido trabajando en un documento que contiene evaluaciones juiciosas y propuestas concretas, esta semana se reúne  la Comisión Andina para buscar vías que profundicen nuestra integración. Ojalá tenga éxito.