Con motivo del ingreso de 10 países de Europa Central a la Unión Europea, se celebró en Trieste una reunión, auspiciada por el Gobierno de Italia, con el fin de encontrar nuevas avenidas para estimular los flujos de inversión y de comercio entre los antiguos países socialistas y los de América Latina.

Para situar en contexto la paulatina expansión de la Europa comunitaria se precisa clara conciencia del cambio ocurrido en estos 60 años. Al concluir la segunda guerra mundial emerge una Europa dividida entre dos antagónicos modelos políticos -democracia y autocracia- y dos modalidades opuestas de gestión de la economía; una basada en el socialismo y la otra en la economía de mercado. Mas, de otro lado, en el contexto de la guerra fría el "occidente" es uno solo, integrado por los Estados Unidos y sus aliados en Europa, de cara a un "oriente" liderado por la Unión Soviética.

La reunificación de Europa es un proceso en cuyo éxito ha tenido alta influencia el convencimiento de Francia y Alemania de que superar su secular antagonismo les resultaría benéfico. Los resultados no han podido ser mejores. La Unión Europea abarcará en dos semanas 25 países cuyos ciudadanos se moverán libremente por todo el ámbito comunitario; utilizarán, en su gran mayoría, la misma moneda; el tráfico de inversiones, mercancías y servicios ignorará las fronteras nacionales; y aplicarán frente a terceros un mismo arancel.

En contraste con esta Europa unificada surge ahora un "occidente" escindido. Son evidentes las diferencias de visión transatlánticas sobre temas tan trascendentales como el conflicto en Palestina y la guerra desatada en Irak, con relación a la cual es previsible un creciente distanciamiento frente a la postura estadounidense; el marginamiento de España podría ser pronto seguido por otros países europeos que, hasta ahora, han sido parte de las fuerzas de ocupación. Estas diferencias ponen de presente que la visión de los intereses occidentales, ahora definidos no en torno a modelos económicos, sino políticos y culturales un tanto imprecisos, son una brecha y no un puente entre los Estados Unidos y sus antiguos aliados allende el océano.

Todo lo anterior puede afectar de manera negativa los intereses de América Latina en su relación con Europa. Cabe el riesgo de que sus autoridades, no las nacionales pero si las comunitarias, nos miren, de modo erróneo, como meros apéndices de los Estados Unidos. Desde luego, tenemos con ellos sólidos vínculos políticos y estamos profundizando nuestra integración comercial a través de mecanismos de diversa índole, pero conservamos intactos nuestros intereses de inserción abierta con el exterior, especialmente con Europa, así fuera únicamente en razón de antiguos vínculos históricos.

El carácter "latino" que una porción de América proclama, no puede ser entendido sin referencia al origen europeo de buena parte de nuestra cultura. De otro lado, el enorme reto de incorporar a la Unión a los antiguos países socialistas, cuyo grado de desarrollo es inferior a los que ya la integran, no puede ser causa de que Europa olvide sus responsabilidades con América Latina. Téngase en cuenta que esos países no sufren, en proporciones parecidas, el flagelo de la pobreza.

Sin despreciar la ayuda concesional para el desarrollo, el mayor aporte que Europa puede hacernos estriba en fortalecer la institucionalidad para el comercio y la inversión. Justamente por eso es que Colombia aspira a que las preferencias unilaterales de acceso al mercado europeo se consoliden, y que se brinde a los países andinos la posibilidad de celebrar con la Unión Europea un Tratado de Libre Comercio. Esto fue lo que pedimos en Trieste, punto maravilloso de confluencia entre América Latina y los nuevos países de la Europa unificada.