Es la súplica que dirijo a la aguerrida Senadora, quien con tanto valor defiende sus convicciones, a propósito del cuestionario que me formula y que debo responder en fecha próxima. Pretende Piedad que presente proyecciones detalladas de un conjunto de variables para los próximos 25 años en función de los impactos que produzca la celebración de un tratado de comercio con los Estados Unidos. Bien podría, para salir del lío, presentar un abstruso ejercicio econométrico para demostrar que gracias al acuerdo cuya negociación comienza la semana entrante nos espera un futuro de ilimitado progreso, por cuya veracidad, un cuarto de siglo adelante, será  difícil pedirme cuentas.
 
Prefiero decir que la ambición de calcular los efectos de una política singular en un horizonte dilatado carece de factibilidad. Lo cual obedece a una limitación mayor e insuperable; no podemos saber con certeza qué nos depara el futuro, tanto en la vida personal como en la colectiva. Como el destino no está escrito, es posible, a los individuos y a los pueblos, incidir, así sea de modo parcial, en el porvenir. A las decisiones de hoy se añadirán otras de modo que el futuro resultará de la sumatoria de muchas acciones sin que sepamos a priori cuanto pesará cada una de ellas.
 
El desempeño de la economía depende de la interacción de múltiples causas la mayoría de las cuales escapan a la acción de los gobiernos. No hay duda, por ejemplo, de que el comportamiento de la nuestra es, en buena parte, una variable dependiente de la economía mundial, y en especial de la norteamericana. Ni siquiera con el empleo de  sofisticadas herramientas  es factible realizar proyecciones detalladas a largo plazo en ese ámbito vastísimo. Los avances científicos, que son  imprevisibles, son uno de los factores que mayor impacto tienen en las ganancias de productividad y en el crecimiento. ¿Cuáles serán las conquistas en las décadas que vienen? No sabemos.
 
Los acuerdos de integración económica, como el celebrado con Mercosur, tendrán impactos positivos en el bienestar de nuestra Nación. Pero qué tanto es función correlacionada con la solución, aún pendiente, de la crisis pensional; o con el éxito que tengamos en el desarrollo de la denominada “agenda interna” cuyo propósito consiste en mejorar, de manera paulatina, nuestra competitividad. Los elementos de este programa son múltiples. Van desde una educación de mejor calidad a los progresos en infraestructura; de la profundización del mercado de capitales a la reforma de administración de Justicia para hacerla más eficaz y predecible.
 
Dicho esto imagino que se levanta en el hemiciclo senatorial un caballero de nevada cabellera que increpa al Gobierno por embarcar al país en un proyecto aperturista sin tener idea de sus consecuencias, las que él calificará de ruinosas. Al respecto anoto que si bien asignamos al herramental econométrico un valor limitado, los estudios de que disponemos validan la estrategia que seguimos; nuestros prospectos positivos se fundamentan, además, en el éxito que han tenido otros países, que abrieron sus economías. Irlanda y España, dos de la naciones con mayor retraso relativo en el continente Europeo, hoy marchan en la vanguardia gracias a que decidieron competir en los mercados externos.
 
Por la misma razón, Corea del Sur, que a comienzos de los setenta tenía un PIB per cápita semejante al de Colombia, hoy lo tiene 5 veces mayor. La diferencia tiene que ver con los modelos de desarrollo que en su momento ambos eligieron: el sector externo y la construcción de vivienda, en su orden. 
 
Piedad: no me pidas adivinar el futuro pero escucha razones como estas.