En "Aquí Estoy y Aquí Me Quedo", el Presidente Samper dejó escrita su defensa ante el Tribunal de la Historia por los dramáticos hechos que rodearon su ejercicio del gobierno. En su más reciente libro, "El Salto Global", su propósito es el de explicar el alcance múltiple de la globalización, formular duras críticas al papel que ciertos países e instituciones multilaterales han desempeñado, y esbozar lo que considera una agenda relevante para una América Latina que asume globalizada aunque de manera diferente a la actual.

 

Para disfrutar este libro -bien escrito y documentado- debe aceptarse que su autor no es un académico, así pueda exhibir credenciales como tal, sino un político que no ha perdido el gusto por el poder. No es posible hallar en su texto juiciosas demostraciones de las tesis que sostiene; por el contrario, reparte con gratuidad elogios y vituperios en función de sus preferencias ideológicas. No hay nada de extraño en esto. Las ideologías que todos profesamos, de modo consciente o no, aportan un esquema para entender el mundo que nos rodea. Esa estructura mental básica no es de carácter racional sino emocional; se fundamenta en la adhesión a unos valores -éticos y estéticos- o a simples preferencias. A partir de ahí se impone el rigor del ejercicio racional.

 

A nadie puede sorprender que Samper lance duras críticas a los postulados económicos liberales que predominan desde comienzos de la década pasada: apertura de los mercados domésticos de bienes, servicios e inversión; eliminación de los controles de cambios; flexibilización del régimen laboral; abandono de las políticas de apoyo a determinados sectores industriales; defensa del equilibrio fiscal; acotamiento de la intervención estatal, etc. Todas estas políticas serían la causa eficiente del pobre desempeño de la región en los últimos quince años.

 

El debate hay que asumirlo de manera constructiva. Si bien el pasado es irrevocable, aporta enseñanzas que debemos tener en cuenta para garantizarle a la región -y a Colombia en particular- tasas mayores de crecimiento sostenible y una mejor distribución del ingreso. No imagino al Ex-presidente defendiendo un nuevo ciclo de incremento del gasto público financiado con deuda o, peor aún, con emisión monetaria; tampoco la reapertura de la banca estatal de primer piso, cuya quiebra nos obligó a destinar cuantiosos recursos a enjugarla, los cuales habría sido mejor invertir en programas focalizados en los pobres, agua potable o educación, por ejemplo. Tampoco creo que ahora defienda el control de cambios, fuente fecunda de corrupción y de traumáticas devaluaciones monetarias.

 

Del otro lado, hace bien en proponer que la apertura se realice primero en el ámbito latinoamericano; que sea gradual para darle tiempo a los sectores rezagados de mejorar su competitividad; y que se fundamente, tratándose de economías más desarrolladas, como las de Brasil y Estados Unidos, en un tratamiento asimétrico que nos favorezca en la dura puja por conquistar y defender mercados. Son estos postulados que el gobierno actual prohíja.

 

Un mundo globalizado necesita mejores instituciones. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas requiere una reforma fundada en el reconocimiento de que las realidades políticas de hoy son diferentes a las de 1945; la Asamblea General debería ser bastante más que un recinto para decir discursos; es preciso abolir la unanimidad que paraliza a la Organización Mundial de Comercio. En esto Samper no es innovativo pero acierta. Sin embargo, como lo discutiré en otra oportunidad, sus propuestas de reforma del Fondo Monetario y el Banco Mundial me parecen poco prácticas. Bienvenido Samper al debate político. A algunos servirá de guía; a otros de inteligente contradictor.