La reciente divulgación del cronograma para la negociación de un tratado de libre comercio (TLC) con los Estados Unidos, me da la oportunidad de reiterar los móviles de esta política. Hay una razón poderosa que justifica todas las modalidades de  inserción abierta de las economías con el exterior. Se trata de la optimización de las ventajas comparativas, de modo tal que los países puedan especializarse en producir y exportar aquello en lo que son más eficientes, importando a cambio aquello que no producen o que otros producen  a menor costo o mayor calidad.
 
Adam Smith, el padre de la economía moderna, lo expone así: “Utilizando vidrios, semillas y paredes climatizadas, se pueden producir muy buenas uvas en Escocia, y se puede elaborar también muy buen vino con ellas a un costo aproximadamente treinta veces superior al que implicaría la importación de uvas de la misma calidad. ¿Sería razonable una ley que prohiba la importación de todos los vinos extranjeros, simplemente para incentivar su producción en Escocia?”. Esta teoría funciona en la realidad. Los países que entre 1990 y 2001 mantuvieron abiertas sus economías crecieron a la tasa promedio anual del 4.4%, mientras que los que optaron por la opción contraria lo hicieron al 0.9%. Los efectos de esta brecha son enormes en términos de empleo, salarios, consumo y bienestar social.
 
Hay, de otro lado, dos razones específicas por las cuales Colombia tiene que profundizar sus vínculos económicos con el exterior. 1) Estamos ante el grave riesgo de quedarnos sin petróleo, que representa en la actualidad el 21.6% de las exportaciones totales. Su producción cayó 30% en los últimos 5 años; las reservas de crudo han disminuido en un 45% en una década. Si las cosas siguen como van en el 2007 tendremos que importar combustible. Necesitamos, pues, con urgencia incrementar la venta externa de otros productos; de lo contrario podríamos ver frustradas nuestras posibilidades de crecimiento por carencia de  bienes de capital, materias primas y combustibles que tendríamos que comprar en el exterior. 2) Es bien sabido que el crecimiento en el corto plazo puede ser jalonado por el consumo pero en el largo plazo depende de la inversión. El problema consiste en que los colombianos ahorramos poco; si queremos crecer a tasas superiores al 4% anual, lo cual es indispensable para superar la pobreza que golpea a más de la mitad de los hogares, necesitamos inversión extranjera en volúmenes superiores a los actuales en algo así como el 3% del PIB.
 
Hay, finalmente, un conjunto de poderosas razones para que busquemos profundizar nuestros nexos comerciales con los Estados Unidos. Su economía es la más grande del mundo y registra tasas elevadas de crecimiento. Es ya el destino de casi la mitad de nuestras exportaciones y la fuente principal de la inversión extranjera que recibimos. Las preferencias arancelarias de que en la actualidad gozamos -y que vencen en el 2006- explican buena parte de la dinámica actual de nuestro comercio exterior; consolidarlas es, por tanto, crucial. Nuestra ubicación geográfica nos brinda posibilidades de acceso expedito a sus principales mercados. Existe amplia complementariedad entre nuestros aparatos productivos.
 
Algunos de nuestros principales competidores ya tienen entrada preferencial a los Estados Unidos –México y, en menor medida, Chile–; otros han concluido recientemente las negociaciones respectivas –los cinco países de Centroamérica y Republica Dominicana–; otros  lo están buscando –Perú y Ecuador–. Quedarnos quietos, sin duda, sería  rezagarnos. Las posibilidades de seguir aumentando las exportaciones a la Comunidad Andina no son promisorias, tanto por factores políticos como económicos. China se ha convertido en una potencia exportadora de manufacturas livianas, que amenaza buena parte de nuestra oferta exportable a Norteamérica –textiles, confecciones, calzado–. De allí que consolidar nuestro acceso preferencial, a través de un TLC, sea una necesidad estratégica.