La interconexión de las economías es la dimensión más conocida de la globalización, pero no puede perderse de vista que este fenómeno, típico del siglo XX pero acelerado en este, tiene una importante faceta cultural propiciada por el Internet, la televisión satelital y el auge del turismo de masas. Nuestros hijos serán -son ya- ciudadanos del mundo.

Esto es bueno, en parte. Permite la consolidación de una cultura universal nutrida de elementos de muy diverso origen, lo cual puede ayudar a la preservación de la paz mundial; la violencia con frecuencia proviene del temor a lo distinto. Contribuye a que se aprecien mejor ciertos elementos que identifican con claridad determinados pueblos; el festival permanente del arte culinario de China, México, Italia, Japón o Perú, no sería posible, en las dimensiones que conocemos, sin la globalización. Pero hay también connotaciones negativas. Las culturas primitivas difícilmente pueden sobrevivir en el choque con civilizaciones superiores desde el punto de vista tecnológico. Los pobres son los grandes marginados de la oferta cultural de un mundo lleno de vasos comunicantes.

Ahora que se negocia un tratado de libre comercio con los Estados Unidos, que son, para los extremos políticos, los "bárbaros" de la actualidad, se oyen preocupaciones por el aniquilamiento de la cultura nacional, avasallada por la invasión de productos culturales venidos de ese país, en especial por su cine y televisión. Tengo una noción elemental de la cultura como morada del espíritu humano, pero francamente ignoro cuales sean los elementos definitorios de la nuestra. Colombia es, ante todo, una nación mestiza. En ella confluyen tradiciones negras, indígenas e influencias del Medio Oriente; así mismo, hispánicas, el elemento más complejo de nuestra tradición. Siempre se dijo que Europa "termina en los Pirineos", lo cual tiene mucho de verdad. España es la matriz en la que se funden tradiciones de los pueblos ibéricos, árabes, judíos y gitanos.

Nada, pues, de lo que constituye el ser colombiano es simple y homogéneo; todo es complejo y ambiguo. Y se nota. En la obra pictórica de Fernando Botero es ostensible el paisaje colombiano como telón de fondo de muchos de sus cuadros y su interés en problemas que nos resultan entrañables; tal es el caso de su reciente serie sobre la Violencia. De otro lado, su intención de recrear la historia de la pintura europea, en especial la del Renacimiento Italiano, es una constante de su trabajo. Una porción de la poesía de León de Greiff se escenifica en las breñas de su Antioquia natal; mas no puede perderse de vista su obstinación en personajes que se inscriben en un remoto pueblo de la antigüedad, los Vikingos. Alguno de los primeros relatos de Alvaro Mutis, "La Mansión de Araucaima", transcurre en el Tolima de su infancia, pero Maqroll el Gaviero, héroe de muchas de sus novelas, es un apátrida que se mueve por el orbe entero. Un músico espléndido y poco conocido, Francisco Zumaqué, se inició componiendo las gaitas y porros de Córdoba; hoy, sin perder sus ancestros, escribe en la mejor tradición culta de occidente.

No sé en qué consiste la cultura de mi patria; no necesito saberlo para amarla. Sin embargo, no quisiera que el Estado me obligara a ver cine o televisión nacionales por la sola razón de que lo son. Es obvio que en la negociación con los Estados Unidos el Gobierno deberá mantener la posibilidad de imponer cuotas de pantalla para promover la producción doméstica. Ojalá a nadie le de por hacerlas efectivas. Ya se hizo y el resultado fue deplorable.