Para concluir con éxito el tratado de comercio con los Estados Unidos hemos de remontar dificultades enormes: ponernos de acuerdo con la contraparte, que no es tan liberal como quisiéramos, ni ha tenido hasta ahora en la mesa de negociaciones la sensibilidad requerida sobre las consecuencias del conflicto armado colombiano en su seguridad nacional; convencer a los empresarios de que para conquistar mercados externos es preciso tomar riesgos sobre los propios; lograr el respaldo de los congresos de ambos países, a sabiendas de que en el norteamericano influyen poderosos intereses agrícolas y farmacéuticos, y que el nuestro estará afectado por un ambiente de alta pugna partidista. En último término, se requiere el veredicto de la Corte Constitucional.

 

Mas si logramos vencer todos estos escollos es importante tener claro hacia dónde debe dirigirse la estrategia de internacionalización económica. Este es el tema que abordó hace pocos días el Consejo Superior de Comercio Exterior. El documento respectivo parte del supuesto de que no se adelantará un proceso de apertura unilateral como el que tuvo lugar en la década pasada, y que continuaremos participando en los esfuerzos que se adelantan en la OMC para que el crecimiento del comercio mundial produzca mayores beneficios a los países pobres y de desarrollo intermedio. Se trata, pues, de definir una agenda flexible y de largo aliento para futuras negociaciones de comercio a partir de cinco criterios de cuya ponderación resulta un catálogo de países o bloques económicos que deben ser objeto de acción preferente. Ellos son:

 

1) Competitividad de nuestra producción actual en ciertos mercados. Ella resulta de la comparación de nuestra oferta exportable con las importaciones que realizan ciertos países de esos mismos productos. Es evidente que si ya tenemos participación en un mercado específico, obtener acceso preferencial al mismo debe tener un efecto positivo a menos que exista un fenómeno de saturación. 2) Mayor integración con socios naturales. De la misma manera que los cuerpos celestes se atraen en función directa de su masa e inversa de su distancia, la teoría gravitacional del comercio postula que los flujos comerciales tienden a ser mayores entre países cercanos en razón de la geografía, la cercanía cultural, la existencia de un pasado común o la afinidad política, y menores en función de los factores de esa misma índole que los alejan. 3) Evitar ser desplazados de mercados que ya hemos conquistado. En efecto: si un tercer país competidor del nuestro pretende obtener un acceso preferencial a través de un tratado de comercio, es preciso realizar una acción compensatoria de la misma naturaleza. 4) Penetrar mercados altamente protegidos. Como diría Don Pedro Grullo, carece de sentido buscar preferencias en mercados que ya están abiertos; la recompensa existe cuando se logra superar un muro que para los competidores se mantiene. 5) Fortalecer lazos políticos o atender solicitudes de países o bloques que nos proponen negociar. Evidentemente, la política comercial debe insertarse en el contexto político general; se comercia con los amigos, dirían los fenicios o Marco Polo.

 

La conjugación de estos criterios da lugar a la siguiente lista de candidatos: Unión Europea, Canadá, Panamá, Japón, India, Islas del Caribe, Centroamérica, China y Corea del Sur. A nadie sorprenderá que la UE encabece la lista pero si tal vez que la prioridad de China resulte tan baja, ahora que todos estamos deslumbrados por su desempeño económico jalonado por el comercio exterior y la inversión extranjera. Pero bien podría ocurrir que factores políticos determinen que negociemos primero con los asiáticos, con los que pocas cosas en común tenemos, que con nuestros parientes europeos. Ya veremos.