"¿A dónde vas?" Es una pregunta pertinente referida a la Comunidad Andina. No ha sido capaz de concretar su viejo anhelo de convertirse en una unión aduanera, dotada, por lo tanto, de un arancel externo común y una política de comercio exterior compartida; las restricciones al comercio intra-comunitario no cesan de aumentar a pesar del compromiso inequívoco de permitirlo libre de arancel y cualquier otro tipo de obstáculos; las solemnes declaraciones que los presidentes suscriben en sus reuniones periódicas tienen una acentuada tendencia a convertirse en letra muerta.

No obstante, hay futuro a condición de que la CAN sea sometida a un programa de profundas reformas para descartar propósitos que han dejado de ser relevantes para focalizarse en lo que tiene sentido en un mundo más abierto y competitivo. En primer lugar, conviene liberarse del compromiso de actuar como una unión aduanera. Luego de numerosos fracasos es ya claro que no es posible tener un arancel externo común para la totalidad de las partidas que lo integran. No es extraño que así ocurra. Los países andinos practican distintas políticas económicas que, a su vez, derivan de la muy disímil naturaleza de sus aparatos productivos.

Algo va, por ejemplo, de Venezuela, empeñada como está en un modelo de desarrollo basado en el mercado interno, apalancándose en sus enormes ingresos en petrodólares, a Bolivia, que dada la estrechez de aquel, su bajo grado de industrialización y su enorme disponibilidad de recursos energéticos, cifra sus posibilidades de progreso en una inserción abierta con el exterior. Por fortuna, no importa mucho persistir en el fallido propósito de acordar un arancel externo perfecto frente a terceros países. Los aranceles están perdiendo importancia de manera acelerada en un mundo que, así sea con retrocesos y múltiples frustraciones, en especial en el ámbito agrícola, se mueve hacia el libre comercio.

Alan Wagner, al asumir como Secretario General de la CAN, señaló, con toda razón, que no son los aranceles el factor clave en la actualidad; hoy dominan la agenda del comercio exterior "las políticas de competencia, la propiedad intelectual, las normas técnicas, las reglas de origen, las compras gubernamentales. Igualmente, los subsidios agrícolas, las barreras no arancelarias, la protección disfrazada de medidas anti-dumping, la carencia de un sistema de comercio mundial estable y previsible y la ausencia de una cooperación internacional habilitadora del comercio y el desarrollo…"

Estos son temas a los que deben dedicarse mayores esfuerzos, igualmente a los que constituyen condición necesaria para profundizar el proyecto andino. Es obvio que no puede haber mercados integrados si las deficiencias en infraestructura de comunicaciones, las fallas del transporte marítimo y las restricciones al realizado por carretera los fragmentan. En la actualidad, no hay acceso regular y eficiente desde Colombia al Perú por vía fluvial; no explotamos las posibilidades que los ríos Putumayo, Meta y Amazonas nos brindan. Intereses locales poderosos impiden que un camión pueda mover la carga desde Colombia a Venezuela o Ecuador; se requieren transbordos que encarecen los costos y restan competitividad.

Pasa desapercibido que la región posee el 25% de la biodiversidad mundial y el 25% del agua dulce del planeta. Ese gran banco de recursos naturales debe ser objeto de un manejo ampliamente concertado entre los países andinos y con Brasil, tanto para velar por su conservación y uso racional, como para protegerlo en los acuerdos de libre comercio que se celebren en el futuro. No olvidemos, así mismo, que en pocos años el agua será un recurso cuyo valor estratégico puede ser semejante al del petróleo.

Y algo elemental: hay que liberar por completo el tráfico de bienes, personas y capitales al interior de la Comunidad. Olvidémonos de lo que no es factible y dediquemos nuestras energías a lo que es práctico.