En el reciente debate realizado por el Partido Liberal contra la política económica del pasado cuatrienio, la senadora Cecilia López reconoció que el país ha recobrado la senda del crecimiento, que la tasa de inversión es alta, que el desempleo viene reduciéndose, que registramos tasas de inflación bajas y que el comercio exterior arroja un resultado notable.

Moduló, sin embargo, el mérito de estos logros señalando que en parte obedecen a que el gobierno anterior se benefició de un contexto internacional favorable: Un crecimiento acelerado de la economía mundial, elevada demanda de nuestros productos en Estados Unidos y Venezuela, bajas tasas de interés externas, alto precio para nuestras ventas externas de petróleo y carbón, y elevados flujos de remesas. Dijo que mientras a Pastrana le cayeron “las siete plagas de Egipto”, fundamentalmente la recesión del 99, a Uribe se le “apareció la Virgen”. Tiene razón.

Admite también Cecilia que el Gobierno y el Banco de la República, en su parcela de responsabilidad, hicieron bien la tarea: Alta liquidez y bajas tasas de interés domésticas, que permitieron una acelerada expansión del crédito bancario, y una recuperación persistente de la confianza de los consumidores y empresarios.

¿Cuál es, entonces, su crítica a la gestión económica?: Que perdimos la posibilidad de crecer más, toda vez que mientras el gasto total de la economía en los dos últimos años fue de 8.5%, la producción interna sólo se incrementó en 5.4%; y como la brecha entre las dos cifras son las importaciones, si ellas hubieran crecido menos, el PIB habría sido mayor. Esta es en el fondo una presentación sofisticada del modelo de desarrollo endógeno; llevado el argumento al extremo, la mayor tasa de crecimiento se habría dado si las importaciones hubiesen sido iguales a cero. Lo cual equivale a afirmar que las exportaciones son “buenas”, pero las importaciones “malas”.

La verdad es que sin importaciones, es decir sin la posibilidad de traer al país bienes de capital y materias primas que no producimos o que otros producen a menor precio o mejor calidad, el crecimiento habría sido inferior porque no habría estado jalonado, como lo estuvo, por las exportaciones. Adicionalmente, hay que decir que se exporta para poder importar, y, por lo tanto, el valor presente de las exportaciones y de las importaciones tiende a ser el mismo en el largo plazo.

Otro factor determinante -según la distinguida parlamentaria liberal- de que el crecimiento haya estado por debajo de su potencial consiste en que la revaluación del tipo de cambio creó un sesgo adverso a las exportaciones y la satisfacción del mercado interno por la oferta nacional. Supone implícitamente que el Gobierno, ignorando la autonomía del Emisor y las tendencias marcadas por el comportamiento de la balanza de pagos, ha debido forzar una devaluación de la moneda nacional.

En contra de la idea, generalizada en otra época, consistente en que una política de devaluación recurrente ayuda a mejorar la competitividad, hoy se considera que el tipo de cambio es una variable sintética, que refleja el desempeño de la economía y el grado de confianza que se tiene en la estabilidad de su signo monetario. No puede, por lo tanto, ser manipulado; a lo sumo la autoridad monetaria puede intervenir para cortar volatilidades indeseables. La búsqueda de la competitividad, que es tarea apremiante, requiere otro tipo de acciones: mejores puertos, sin duda, pero también mejor educación.

Entiendo que por haber sido amable en el debate, Cecilia ha sido  tildada de primípara. La verdad es que por su sólida formación y disciplina es “prima donna”.