Con motivo de un foro reciente, el Miami Herald  pide a  un grupo de expertos y meros funcionarios públicos que hablen del clima de negocios en América Latina, y, para incitarlos a ser agudos, les plantea un dilema sobre la región: ¿Certeza o incertidumbre?. Olvida que sobre el desempeño futuro de la economía sólo es posible establecer grados de probabilidad; gústenos o no, el futuro es ignoto. 

Entonces comencé mencionando el impacto ocasionado por el gran dinamismo económico de China sobre nuestros países. En lo diez años transcurridos entre 1994 y 2004 los precios de los productos mineros se han duplicado, en tanto que el índice de los bienes agrícolas y manufacturados apenas ha subido un 20%. Este comportamiento ha tenido una incidencia muy positiva para Perú y Chile, que cuentan con enormes capacidades productivas de cobre y estaño. Bien distinta es la historia de México: Numerosas empresas ensambladoras, que durante largo tiempo estuvieron instaladas en su territorio, han migrado hacia China; además, productos de este origen se han convertido en una competencia temible en su mercado doméstico y desplazado exportaciones suyas a los Estados Unidos. Es el caso de la industria del vestuario, por ejemplo.

Para nosotros, que con excepción del níquel no exportamos metales en magnitudes importantes, y producimos manufacturas livianas que compiten con las de China, tanto aquí como afuera, la nación asiática constituye una amenaza notable que, en parte, se materializa en un déficit comercial creciente. De ahí la importancia de tener pronto en vigor el TLC con los Estados Unidos, y de ser capaces de atraer inversionistas chinos hacia los sectores textil, de hidrocarburos e infraestructura. Los procesos en curso lucen promisorios.

Para buena parte de los países de América Latina y el Caribe, con la notable excepción de Venezuela, el incremento, irreversible en el corto plazo, de los precios de la energía es un severo lastre para el crecimiento de sus economías. En el caso extremo, que es el de Uruguay, los combustibles representan el 24% de las importaciones totales; difícil es también la situación para Perú, Chile, Brasil y toda Centroamérica. Por ahora, a Colombia le va bien: Sus importaciones de energéticos equivalen, apenas, al 2.4% de sus compras externas, pero estamos en una situación frágil por la insuficiencia de nuestras reservas de petróleo. La decisión de desarrollar los bio-combustibles reduce esta vulnerabilidad y genera una promisoria oportunidad  para el agro.

El exodo masivo  hacia los Estados Unidos y España, principalmente, ha convertido las remesas que los emigrantes envían a sus familias en una fuente prolífica de ingresos en moneda extranjera. El caso más notable es el de Honduras, que recibe recursos por este concepto equivalentes a casi en 20% del PIB; las cifras para los demás países de  Mesoamérica son semejantes. Sin embargo, esta fuente podría secarse a mediano plazo si los flujos migratorios se reducen como consecuencia de leyes más rigurosas, o acontece una mejora sustancial de la situación económica en casa; hay que tener en cuenta, además, que sólo la primera generación de emigrantes, que dejaron atrás a sus padres o hijos pequeños, está dispuesta a prescindir de parte de su ingreso; la segunda carece, por lo general, de este compromiso.

Termino señalando que la integración económica con los Estados Unidos, que han emprendido buena parte de los países de la región, puede generar importantes beneficios. En este contexto, el caso de Chile resulta notable; durante los primeros dos años de vigencia del TLC, Estados Unidos ha duplicado las importaciones provenientes del país austral. Conviene tomar atenta nota.