Cuando está columna sea publicada el equipo que ha venido negociando, a lo largo de veinte meses extenuantes, el TLC con los Estados Unidos estará a punto de culminar su tarea. Todos los capítulos del acuerdo, salvo los que tienen que ver con el sector agropecuario, se han cerrado ya. En la semana pasada, quedaron acordados el de inversión, que es fundamental para atraer mayores flujos de ahorro externo; el de textiles y confecciones, de tanta importancia para sostener la dinámica de las exportaciones y fortalecer la generación de empleo; el de compras públicas, que abrirá nuevos mercados a la industria nacional.

Y el de propiedad intelectual, tan arduamente combatido con el argumento de que se traducirá en un incremento de los precios de los medicamentos. Debo decir que no hay motivos para aceptar la validez de este sombrío pronóstico. Entre otras razones porque el Estado mantiene la capacidad de controlar los precios para evitar la configuración de monopolios, o para modular el efecto de las patentes a través de licencias obligatorias o las importaciones paralelas; porque no se ha ampliado el concepto de patentabilidad ni el periodo de duración de las patentes; y porque tratándose de la protección de los llamados “datos de prueba” no hemos ido más allá de lo que nuestra normativa interna tiene establecido. Pero, lo que tiene aún mayor importancia: porque si la economía crece más, como lo esperamos, habrá más afiliados a la Seguridad Social, tanto contributiva como subsidiada. En efecto: los 10 millones de nuevos afiliados que el actual Gobierno con legítimo orgullo proclama, no habrían sido posibles sin la reactivación de la economía que en estos años se ha presentado.

F. A Hayek, el gran economista austriaco, premio Nóbel en su disciplina, escribió en 1944: “Los eventos contemporáneos difieren de la historia en que no sabemos los resultados que producirán. Cuando miramos hacia atrás podemos evaluar el significado de los eventos pasados y determinar las consecuencias que ellos han producido. Pero cuando la historia despliega su curso, no es todavía historia; es un camino que conduce a una tierra desconocida. Por eso difícilmente podemos imaginar lo que habrá de acontecer”. Esta cita me parece pertinente luego de ver la publicidad de algunos candidatos que aspiran al voto popular en los próximos comicios y leer ciertos columnistas que, ante la inminencia del cierre del tratado, decretan, sin asomo de duda, la ruina del país.

Esa clarividencia apocalíptica es impropia en un debate que tenga altura académica; resulta, además, incongruente con los diversos estudios que sobre los posibles impactos del TLC se han realizado, y pasa por alto los muy positivos resultados que han logrado otros países que decidieron antes que nosotros internacionalizar sus economías. En efecto: los varios estudios prospectivos realizados recientemente, sin excepción alguna postulan crecimiento de la economía, las exportaciones, la inversión extranjera, la capacidad de consumo, y, por supuesto, el empleo. Que es justamente lo que ha pasado en la India, China, Malasia, Corea del Sur, España, Irlanda, México, Chile. Las cifras, que por falta de espacio no presento, son irrefutables.

A pesar de lo anterior, no es posible vaticinar si, al finalizar esta semana, se habrá logrado un acuerdo con los Estados Unidos. Para que ello sea posible es necesario llegar a un entendimiento que, en los difíciles temas pendientes, sea aceptable para los congresos de ambos países. Es decir, desde la perspectiva de nuestra contraparte, que los cronogramas de desgravación de todos los productos finalmente lleguen a cero; y desde la nuestra, que se garantice adecuada protección a productos de gran sensibilidad: arroz, maíz, pollo.