En carta enviada por algunos gremios agrícolas del departamento de Córdoba al Presidente Uribe en diciembre pasado, se afirma que “La triste experiencia mexicana en el sector del maíz debe servir de enseñanza; con preocupación le manifestamos que se está haciendo caso omiso de ella”. Aun cuando son comprensibles los temores que suscita la negociación agrícola en el TLC de Colombia con los Estados Unidos, no resulta adecuado sustentarlos con una versión incorrecta de la experiencia mexicana. No es verdad que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) acabó con el cultivo del maíz en México, sumió en la miseria a los campesinos y generó una masiva migración de población rural a los cinturones de miseria de las ciudades.

Mitos como este surgen por problemas de información, pues decisiones económicas tales como la integración económica no se pueden evaluar con resultados de corto plazo. Y se fomentan por opositores a las políticas gubernamentales dado que son fáciles de crear, suenan bien a los oídos del público y nadie pide pruebas. Verbigracia, en Colombia han surgido recientemente afirmaciones del siguiente tenor sobre los presuntos impactos del TLC con Estados Unidos: “arrebatará los recursos biogenéticos y los conocimientos tradicionales de nuestros pueblos indígenas”; “acabará con la cultura nacional”; “arrasará con las universidades públicas”; “achicará la capacidad nacional de generar riqueza y aumentará la pobreza”; “lesionará el desarrollo, la salud pública y la seguridad alimentaria”. Los debates que se avecinan permitirán demostrar que nada de esto es verdad.

Pues bien: transcurridos diez años de la firma del TLCAN comienzan a publicarse evaluaciones rigurosas de ese proceso de integración. En el caso del maíz mexicano, Norbert Fiess y Daniel Lederman, economistas del Banco Mundial, acometieron la tarea de refutar el mito. En un trabajo reciente presentaron los siguientes resultados: 1. La producción de maíz en México siguió creciendo después de la entrada en vigencia del TLC. 2. El maíz no tecnificado (que usualmente se asocia a la producción campesina) fue el que más creció. 3. El valor real de la producción de maíz ha caído durante el TLCAN, continuando una tendencia descendente de largo plazo. 4. La caída del valor real de la producción responde a la tendencia descendente de largo plazo de los precios internacionales del maíz.  Por estas razones, no es posible concluir que el deterioro de los ingresos reales de los cultivadores de maíz sea consecuencia de ese acuerdo comercial.

Hay otros estudios que muestran que en el caso del maíz no sólo aumentó el área sembrada y la producción, sino también los rendimientos (mejora tecnológica). Según Yunez-Naude y Barceinas, investigadores de El Colegio de México, los rendimientos de los cultivos dotados de riego pasaron de 3.13 toneladas por hectárea en 1983-1990, a 4.83 en el periodo 1994-2000, y en el maíz no tecnificado, de 1.58 toneladas a 1.83 en los mismos periodos. Es obvio que las tierras dotadas de riego sean las que registran mayores incrementos de productividad. Los mismos autores señalan que la producción de autoconsumo no fue afectada ni en su oferta ni en su productividad, lo que repercutió en migraciones rurales moderadas.

Al Gobierno le interesa muchísimo la prosperidad del cultivo del maíz. Al definir su política agropecuaria tiene en cuenta la experiencia de países como México, en donde no ha ocurrido la tragedia que algunos respetables dirigentes advierten, tal vez sin contar con todos los elementos de juicio, o influidos por visiones apocalípticas que carecen de sustento. De allí la importancia de fortalecer un diálogo serio del que se excluyan las pasiones propias de una época electoral.