Gozando de la beatífica visión del Padre, y sin tener que afrontar necesidades materiales, Adán y Eva debían respetar una prohibición única: no comer la fruta del árbol del conocimiento. Transgredirla les significó ser expulsados del Jardín del Edén, condenados a ganar el pan con el sudor de la frente, y Eva a parir con dolor. A  cambio, dejaron de ser humanoides para convertirse en seres humanos cabales, hechos a “imagen y semejanza” del Señor; es decir, dotados de libertad,  responsables, por tanto, de la dimensión ética de su conducta.

Definir los criterios éticos del quehacer político es tarea difícil.  A la política es inherente el ejercicio del poder sobre los demás; la violencia, a su vez, es su forma de acción específica, así se halle modulada por la legitimidad propia de un Estado democrático. En pos de una fundamentacion ética de esta parcela de la conducta, cabe examinar, en primer término, la propuesta cristiana: Ante la acción violenta hay que “poner la otra mejilla”; y como el Reino del Señor “no es de este mundo”, poco sentido tiene participar en las querellas terrenales que dominan en la esfera política. Hay que hacer el bien y evitar el mal, siempre, y sean cuales fueren las circunstancias. La  versión laica de esta posición radical es la de Kant: “Obra como si la máxima de tu acción pudiera ser erigida, por tu voluntad, en ley universal de la naturaleza”. 

Dos dificultades enormes comporta esta propuesta: a) No es tarea sencilla discernir el bien del mal haciendo caso omiso de las circunstancias. “No matarás”, dice uno de los diez Mandamientos, pero en las guerras se mata y esas muertes están justificadas si la guerra es justa; por ejemplo, si se trata, como en las Cruzadas, de recuperar de los “infieles” los “Santos Lugares”, o poner fin a un régimen despótico; b) No siempre quienes ejercen responsabilidades políticas eligen entre el bien y el mal; con harta frecuencia hay que elegir el mal menor. Mentir es, en principio, reprobable, pero nadie esperaría que los directores del Banco Central confiesen que se proponen devaluar la moneda o subir las tasas de interés. Lo ético, para evitar males mayores, es que mientan.

Debemos a Maquiavelo haber advertido que el objetivo de la acción política no es, como debiera ser, la búsqueda del bien común, sino la conquista y preservación del poder. A partir de esta constatación plantea la santificación de los medios por el fin. Leemos en “EL Príncipe” que “…al apoderarse de un Estado, todo usurpador debe reflexionar sobre los crímenes que le es preciso cometer, y ejecutarlos todos a la vez, para que no tenga que renovarlos día a día; y al no verse en esa necesidad, pueda conquistar a los hombres a fuerza de beneficios”. No hay duda del gran aporte del pensamiento maquiavélico a la comprensión de la política,  pero no puede aceptarse que la bondad de la causa, por elevada que ella sea, justifique los instrumentos que se emplean para realizarla. Max Weber, el gran pensador Alemán de comienzos del Siglo XX, postuló una tercera vía: En la toma de decisiones políticas hay que ponderar los medios en función del fin.  Las consecuencias previsibles de las acciones desplegadas deben ser tenidas en cuenta en una especie de “relación costo-beneficio”. Esto quiere decir que conductas reprochables en ciertos contextos, en otros podrían ser admisibles. A esto llama “Una ética de la responsabilidad”. Creo que su postura es correcta con una adición: el respeto absoluto a los Derechos Humanos, que hoy son, al menos desde el punto de vista normativo, patrimonio universal.