Horrorizada por el conflicto bélico en el Medio Oriente, Salud Hernández escribe: “Me resulta inconcebible que exista alguien que aún crea que causando destrucción y muerte puede alcanzar un fin legítimo”. Comparto su indignación; quisiera que entre los hombres reinara la paz y que pudiésemos, siempre, resolver los conflictos mediante el diálogo.

Sucede, sin embargo, que la guerra es, gústenos o no, el recurso último de la política; de modo más general, su medio de acción específico es la violencia, sea ella material o, como sucede de ordinario, apenas virtual: La amenaza de coacción que es inherente al ejercicio de la autoridad estatal. Es decir, la violencia es un instrumento propio, que no exclusivo, de la acción políticamente orientada, bien sea para obtener mediante su ejercicio un determinado resultado, ya se emplee para comunicar a quienes no la padecen que esa posibilidad existe:El bolillo policial es tanto arma contundente como bastón de mando.

Para entender la política es preciso percatarse de que su objetivo fundamental consiste en la conquista, acumulación, ejercicio y lucha por el poder, tanto si éste se persigue con el fin de realizar nobles propósitos o bajo el acicate de mezquinos intereses. Que éstos constituyan la motivación real de quienes participan en el juego por el poder, no determina que su actividad deje de pertenecer al orden de la política. El bien común, que debería ser el único móvil de sus actores, con frecuencia no es más que mera fachada levantada para lograr el respaldo ciudadano.

En contra de lo que suele creerse, el bienestar colectivo no constituye un concepto de precisos contornos, respecto del cual es imposible la disputa entre personas que actúen de buena fe. La verdad es que no existe método racional que permita afirmar con certidumbre que se sabe cuál es la solución óptima para la comunidad entre la multitud de alternativas, con frecuencia enfrentadas, que se debaten en la arena política. Porque tal es la realidad, la democracia tiene sentido. Si lo bueno, lo justo y lo conveniente para la sociedad pudiera ser establecido con claridad irrebatible, el gobierno debería concederse a los más sabios; no a las mayorías para que gobiernen a través de sus representantes, y sólo durante periodos limitados.

Es generalizada la idea de que como en el quehacer político sólo caben nobles motivaciones, el político debe actuar “ad honoren”; que reciba remuneración por su actividad aún hoy es considerado como un inaceptable envilecimiento de la actividad. Desde esta óptica, se considera político respetable al místico de la causa, al revolucionario o al campeón en la defensa del orden establecido, no a quien vive para la política pero, también, de ella. El profesional de la política, que recibe ingresos por realizar su tarea, no es merecedor de prestigio social.

Cuando ejercen la autoridad del Estado, los políticos son “ingenieros sociales”: Adoptan determinadas medidas de las cuales esperan resultados netos positivos para la comunidad sobre la que gobiernan. En ese ejercicio parten de información incompleta, carecen de control sobre muchas de las variables que inciden en el resultado, no pueden evitar que haya costos para ciertos grupos sociales o derivados del proceso de transición, los logros resultan difíciles de medir y son, por esencia, disputables.

Los políticos, por último, no deciden, necesariamente, entre el bien y el mal. Al igual que el cirujano, que amputa la pierna para conservar la vida, a veces tienen que elegir entre dos males: combatir la inflación, que es un mal, puede generar desempleo, que también lo es. La política está, pues, signada por la tragedia. Quien como el Profeta Jonás ha vivido en las entrañas del Monstruo, lo sabe.