Suele decirse que la época que se inicia con el siglo XX está caracterizada por una aceleración de los tiempos de la Historia. Procesos de cambio social que demoraban décadas, cuando no centurias, ocurren ahora en el reducido lapso de una generación. El vertiginoso cambio tecnológico, que comienza con la masificación de la energía eléctrica y el motor de gasolina, y se expresa ahora en las máquinas que piensan y se comunican a escala planetaria, tal vez sea la causa primordial de que los jóvenes consideren que el legado de generaciones anteriores es moneda caduca, y se dediquen a romper, con festiva irresponsabilidad, los “viejos paradigmas”. Está bien que así acontezca a condición de que sean capaces de sustituirlos por otros que nos ayuden a dar sentido a sus vidas.

En este mes se celebran los 100 años del nacimiento de Alberto Lleras. Recordar algunos hitos de su vida puede servir de modelo a quienes ignoran casi todo de este colombiano ejemplar. En julio de 1944 un grupo de militares apresó al Presidente López Pumarejo en Pasto, seguramente con la intención de instaurar un gobierno militar de corte fascista como el que gobernaba en España desde 1939 y que algunos sectores veían con ostensible simpatía. Lleras, a la sazón Ministro de Gobierno, proclamó por la Radio Nacional que el Gobierno contaba con el respaldo unánime de las Fuerzas Armadas, los partidos políticos y la sociedad civil.

La teoría era falsa, pero la expuso con tan convincentes argumentos y perfecta dicción que al final del día la había convertido en verdad incuestionable. Vaya hazaña: poner fin a una revuelta militar teniendo un micrófono como única arma.

En 1945 el Presidente López Pumarejo, a quien faltaba un año para culminar su mandato, renunció en medio de una grave crisis política. Lleras fue elegido por el Congreso para culminar el periodo y realizar, en medio de una visceral pugna partidista, las elecciones para el siguiente cuatrienio. Lo hizo con pulcritud intachable y entregó el poder a un ciudadano del partido opositor. Este comportamiento parece hoy trivial, pero no lo era en la débil democracia de entonces.

En 1954 Lleras fue nombrado rector de la  recién fundada Universidad de los Andes. Honrosa designación para quien, apasionado desde la adolescencia por el periodismo y la política, ni siquiera había terminado la secundaria. La nueva institución educativa era laica, privada y no partidista, características que él compartía y que eran novedosas en su tiempo (y que siguen siendo valiosas hoy).

En su discurso de posesión dijo: “Es muy fácil entre los 25 y 40 años que un empleado público se identifique, casi involuntariamente, con la abstracción del Estado, y que acabe por sentirse como él, infalible, omnipotente, representante exclusivo del interés público y adversario paternal de todo interés privado… He llegado sin embargo a la conclusión de que hay demasiado Gobierno en el mundo, y entre nosotros no siempre por la sola culpa de los gobernantes, sino porque el ciudadano emplea sistemáticamente sus restos de libertad para pedir que lo gobiernen un poco más”.

Esta concepción del gobierno limitado, que deja a los grupos sociales y a los individuos una amplia esfera de libertad para progresar y ser felices, ya no inspira, me parece, al partido al que Lleras sirvió con tanto empeño; tampoco a los que de su seno han surgido en tiempos recientes. Apegados a una mala tradición hispánica, para casi todo problema tenemos una solución que pasa por el presupuesto público, olvidando que si bien el Estado es poderosa palanca jamás puede sustituir el esfuerzo personal. Harta falta hacen en la actualidad liberales del estilo de Alberto Lleras.