Desde que el mundo existe, el mal es omnipresente. A veces proviene de la naturaleza, que es sorda frente el clamor del hombre por los destrozos que causa: terremotos, huracanes, inundaciones, epidemias y, en último término, la enfermedad y la muerte (que, a veces, es un bien); otras, es el hombre la fuente del mal: la guerra, la violencia, la injusticia, el odio, el desamor (que, por cruel paradoja, es el mal que sólo pueden causarnos aquellos que amamos). Este predominio del mal llevó a Epicuro, un filósofo presocrático, a decir que no es el mal la ausencia del bien, sino el bien la ausencia del mal. Es decir, que escapar de las garras del mal es  razón suficiente para decir que del bien gozamos.

Para el creyente la realidad del mal plantea serios problemas. O el Ser Supremo no es omnipotente, porque no puede vencer el mal, o no es infinita su bondad desde que tolera que su yugo se imponga. En el siglo XVII Leibniz lo formuló así: “Si Dios existe, ¿de dónde procede el mal? Y si no existe, ¿de dónde procede el bien?” Tal vez la solución lógica a este dilema consista en aceptar que hay dos divinidades en pugna: una del bien y otra del mal.

Dejando de lado esas honduras, voy al objeto de mi interés directo: el mal como resultado querido o previsible de la acción política. Nicolás Maquiavelo, a quien debemos el análisis de la política como una disciplina autónoma, escribió en El Príncipe, una de las obras cimeras del Renacimiento: “Quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación: porque un hombre que quiera en todo hacer profesión de bueno fracasará necesariamente entre tantos que no lo son. De donde le es necesario al príncipe que quiera seguir siéndolo aprender a poder no ser bueno y utilizar o no este conocimiento según lo necesite”. De textos como este se desprende el aforismo según el cual “El fin justifica los medios”. El escándalo causado por el pensador florentino impidió que durante varios siglos pudiese apreciarse el trasfondo de verdad que acompaña a sus teorías.

Como lo sabe cualquier iniciado en la praxis de la política, ciertos medios, que en principio no serían permisibles -la guerra, por ejemplo- podrían justificarse en función del fin perseguido. También que la incertidumbre casi siempre acompaña la toma de decisiones, y de allí que a veces las políticas mejor intencionadas produzcan resultados negativos. Max Weber lo expresó con claridad el siglo pasado: “Ninguna ética del mundo puede eludir el hecho de que para conseguir fines “buenos” hay que contar en muchos casos con medios moralmente dudosos, o al menos peligrosos, y con la posibilidad e incluso la probabilidad de consecuencias laterales moralmente malas”. 

Lo dicho no pretende conducir a una posición cínica, sino a postular un sistema ético construido no sólo sobre los medios sino también sobre los fines del quehacer político. Es lo que el ilustre autor de “Economía y Sociedad” denominó “Ética de la Responsabilidad”. Desde luego, aquel que debe tomar decisiones que repercuten sobre la sociedad debe buscar el bienestar del mayor número, tratando de reducir, tanto como sea posible, el margen de error, y eligiendo con cuidado los medios. Pero a sabiendas de que jamás tendrá certeza sobre los resultados; de que, en ocasiones, sus decisiones causarán daños; y de que no siempre estará orgulloso de los medios empleados. Estas son las glorias y miserias propias de la política.