Iguales, sí, en derechos y participes, ambos sexos, de la especie humana, pero profundamente distintos, tanto por la naturaleza como por la cultura. Comencemos por lo obvio: tenemos órganos y funciones fisiológicas diferentes. La mujer goza de la capacidad de perpetuar la especie; el hombre sólo aporta la mitad de la primera célula que da origen a un ser humano. De todas las especies de vertebrados superiores, el humano es el más indefenso al nacer y el que requiere durante más tiempo de la leche materna para sobrevivir. Sin duda, el hombre tiene más fuerza (lo cual no significa que sea más fuerte). Los hombres pueden correr más rápido y saltar más alto. La capacidad de soportar el dolor físico suele ser mayor en la mujer; su motricidad fina es, sin duda, superior. Cuando el sustento depende de la caza, el hombre tiene una ventaja clara, pero en las sociedades sedentarias que se dedican a la agricultura, esa ventaja desaparece. En África, más de 2/3 de los alimentos son producidos por mujeres.

Todas las demás diferencias provienen de la cultura, ese cerco espiritual que nos oprime, es cierto, pero dentro del cual podemos ser, parcialmente, libres. Ante todo, el Ser Supremo es también femenino: recordemos a Astarté, diosa de la feminidad en los pueblos fenicios; a Selene, diosa de la luna; a Artemisa, diosa de la naturaleza salvaje; a Afrodita, diosa del amor y la belleza. María es, en la teología católica, Madre del Señor, a quien pedimos que ruegue por nosotros frente a su Hijo. Pero en la cultura popular es una deidad femenina, diosa que no mera intercesora.

Padre es, en sentido cultural y sicológico, el hombre a quien la madre reconoce como tal. Aportamos la simiente, es verdad, pero lo que podemos entregar después depende de que la madre esté dispuesta a recibirlo. Para el desarrollo del hijo, sobre todo en su primer año de vida, somos prescindibles. La función materna es, por esencia, conservadora. Esta característica se transmite a los demás aspectos de la actitud de la mujer frente a la vida. Prudencia, aversión al riesgo, realismo, pragmatismo, son valores más acendrados en la mujer. Con frecuencia los hombres transitamos por la vida en el filo de la navaja y en la frontera del caos; las mujeres son el polo que nos ata a tierra. La guerra es, en lo fundamental, masculina: los hombres, que somos eficaces destruyendo el mundo, no podemos reconstruirlo sin la ayuda de las mujeres. Las tasas de homicidio cometidos por hombres son mayores; también somos más inclinados a realizar actos de corrupción, consecuencia, quizás, de que somos más ambiciosos de dinero y poder.

Si bien unos y otras somos tanto intuitivos como racionales, nosotros usamos más que ellas la lógica abstracta. Suele ser mayor la habilidad verbal de las mujeres; por eso tienen el monopolio de la “cantaleta”. La proclividad al llanto se da en mayor medida en las mujeres, así, en ciertos contextos, los hombres seamos, por fortuna, de lágrima fácil. Las mujeres llegan primero que los hombres a la madurez física y emocional y tienen una capacidad mayor de captar los lenguajes no verbales. Pueden “sentir” lo que está en el aire. La dulzura, casi siempre, es de ellas atributo.

Tomando la perspectiva del hombre de las cavernas, el poeta José Emilio Pacheco escribe: “Mujer no eres como yo/ pero me haces falta. /Sin ti sería una cabeza sin tronco/ o un tronco sin cabeza. /No un árbol/ sino una piedra rodante”. Ante estas palabras no cabe sino el silencio.