En un mundo crecientemente globalizado, los países no tienen más remedio que prepararse para ser competitivos, tanto para defender los mercados domésticos, como para abrirse paso en lo foráneos. Se trata de la celebre “agenda interna”, la cual permite concretar las posibilidades de crecimiento que las negociaciones comerciales abren. Es tan amplio el consenso que un vocero destacado de la izquierda, el Senador Carlos Gaviria, en reportaje reciente se mostraba partidario de la integración económica, pero no con los Estados Unidos sino con los países de Suramérica. A modo de respetuosa acotación quisiera recordar que esa integración con los hermanos del sur ya la realizamos; el tratado respectivo llegará a la plenaria del Senado en los próximos días. Y que si bien ella es bondadosa, los impactos positivos que cabe esperar son menores que los correspondientes a la integración con los yanquis. La razón es elemental y poderosa: no es la afinidad cultural o política lo que fortalece el ciclo económico entre los países que se integran, sino la índole de sus aparatos productivos. Si ellos son complementarios las ganancias son sustanciales; si se parecen mucho, los beneficios son menores.

Pero nuestro tema de hoy es la agenda de productividad y competitividad. Para ponderar su importancia basta señalar que según un estudio reciente de la Universidad Nacional, en 1999, las exportaciones no tradicionales incurrieron en sobrecostos de 8,9% por cuenta de los bajos niveles de competitividad. Es decir, por el dañino efecto acumulado que producen factores tales como la ineficiencia del sistema judicial, la inseguridad física, la tramitología excesiva, la baja calidad de la infraestructura, etc.

Con todo hay que señalar que en los últimos años se han logrado avances importantes. Así estemos todavía lejos de poder decir que vivimos en un país en paz, son evidentes los logros, por ejemplo, en la tasa de homicidios o de secuestros. Después de denodados esfuerzos, se logró la aprobación de la ley anti-trámites, la cual ya ha comenzado a producir frutos tales como la “Ventanilla Única de Comercio Exterior”. En telecomunicaciones se evidencia un repunte importante, tanto en el tráfico en Internet (97% entre 2002 y 2004), como en la cobertura en telefonía rural y banda ancha; en infraestructura física cabe mencionar la construcción y readecuación de 1.576 kilómetros en vías terrestres, y un aumento de 51% en la carga movilizada por el puerto de Cartagena, lo cual ha sido posible por las inversiones que han realizado sus operadores para mejorar la productividad.

A avances puntuales como estos se suma un programa global de largo plazo: la “Agenda Interna para la Productividad y la Competitividad” presentada la semana pasada en Medellín y que es fruto de un trabajo laborioso iniciado en octubre de 2004. Desde entonces el Departamento Nacional de Planeación ha liderado un proceso participativo ejemplar: en asocio de regiones, sectores económicos, academia y sociedad civil, se preparó un gran inventario de estrategias y apuestas competitivas, necesidades y acciones, para 32 departamentos y 26 cadenas de bienes y servicios. En su elaboración participaron más de 22.000 ciudadanos, lo cual reviste al proceso de enorme legitimidad.  De todas formas, el trecho por recorrer aun es largo; la calificación internacional del país en materia de competitividad debe continuar mejorando sustancialmente para que nuestra generación sea capaz de transferir a la siguiente una calidad de vida superior. Recordemos la celebre frase de Arquímedes: “Dadme una palanca y un punto de apoyo y os moveré la tierra”. Si una prudente internacionalización de la economía es la palanca, la agenda interna es, sin duda, “el punto de apoyo”.