“Los 15 años de apertura mantienen sumido al sector agropecuario en una profunda crisis, que se refleja en la pérdida de casi un millón de hectáreas”. Esta expresión y sus variantes se convirtieron en una “verdad”, especialmente para los críticos del TLC, para quienes el impacto negativo de su implementación será aún mayor que el de la apertura de los noventa.

Debe reconocerse que el sector agropecuario, como ocurre con todos los sectores de la economía, registra fluctuaciones que, si son graves, pueden acarrear destrucción de capitales y pérdida de empleos. De hecho buena parte del pensamiento económico, sobre todo después de la crisis de los años 30 del siglo pasado, se ocupa de cómo lograr que el crecimiento sea sostenible y no registre picos y depresiones pronunciados. Keynes, por ejemplo, sostuvo que la utilización del gasto público podía ser un instrumento adecuado para estabilizar el ritmo de la economía siempre que se usara con criterio anticíclico.

El sector agropecuario, incluyendo silvicultura, caza y pesca, registró caídas en su valor agregado en 1996 (-1.24%), 1999 (-0.05%) y 2001 (-0.36%). La agricultura sin café muestra contracciones en 1998 (-2.45%), 2001 (-0.43%) y 2002 (-3.01%). Estas cifras evidencian dos hechos. El primero, que las caídas del sector agropecuario pueden considerarse moderadas, en tanto que las de la agricultura sin café fueron más pronunciadas. El segundo, que los episodios de crisis no ocurrieron por el incremento de importaciones de comienzos de los noventa, cuando se adoptó la apertura. Debe notarse, además, que las depresiones del agro en años recientes han sido menos agudas que las del producto total y la industria que en 1999 se contrajeron en 4.2% y 8.4%, en su orden.

El analista objetivo también debe considerar, qué pasó con la producción de alimentos. El índice de producción de alimentos elaborado por la FAO, sobre la base de productos comestibles que contienen nutrientes, creció el 22.1% entre 1990 y 2002. Desde 1960, el índice registró contracciones en 8 años; uno en los años sesenta, dos en los setenta, tres en los ochenta y dos en los noventa (-3.48% en 1992 y -1.63% en 1998); en los otros 34 años el índice creció. Es decir: si bien no mejoramos en todos los años sí traemos una tendencia positiva en el largo plazo. Desde esta perspectiva la tesis de la crisis recurrente del agro carece de sustento empírico.

Resulta equivocado, así mismo, concluir que la disminución de las áreas sembradas es prueba irrefutable de postración del sector. Hay que tener en cuenta que la productividad del agro ha mejorado sustancialmente (mayor producción por unidad de superficie); que la agricultura no es el único uso posible del suelo (la ganadería lechera y la avicultura se han expandido notablemente); y que hay actividades que son intensivas en mano de obra pero no en área (los cultivos de flores cuya producción se duplicó entre 1990 y 2002).

Pero como “unas son de cal y otras de arena”, no puede ignorarse que el narcotráfico se apropió de cerca de un millón de hectáreas en el periodo que consideramos, fenómeno funesto pero no asociado con la internacionalización económica. En opinión del Vicecontralor, este proceso se ha traducido en “el mal uso de las tierras apropiadas, toda vez que, en un número importante de casos, se trata de las más fértiles y las mejor localizadas que, en lugar de ser utilizadas para labores agrícolas, se convierten en grandes e improductivas haciendas…”.

Si se miran las cosas con serenidad, las cosas resultan más complejas de lo que parecen. Es lo que suele ocurrir.